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<p>El cine de supervivencia suele jugar con dos pulsos opuestos: el físico, marcado por la urgencia de la situación, y el emocional, donde late el miedo, la esperanza y, a veces, la aceptación del destino. En <em>Last Breath</em>, dirigida por Alex Parkinson y Richard da Costa en su salto a la ficción tras su celebrado documental de 2019, esos dos planos se cruzan en una historia inspirada en hechos reales que consigue mantenernos al filo de la butaca.</p>
<p>La película, protagonizada por <strong>Finn Cole</strong> y con la participación de <strong>Woody Harrelson</strong>, nos sumerge en una pesadilla bajo el agua: un buzo atrapado en el fondo del mar, con su suministro de oxígeno agotándose a 100 metros de profundidad. El resultado es un thriller que evita el artificio para concentrarse en la angustia de lo esencial: el aire que falta, la presión del mar y el tiempo que se escapa.</p>
<h2>Una historia mínima, un suspense máximo</h2>
<p>La premisa de <em>Last Breath</em> es sencilla, casi mínima: un buceador profesional queda atrapado en el lecho marino tras un accidente, mientras su equipo en superficie lucha contra reloj para intentar rescatarlo. Esa línea argumental, tan directa como implacable, se convierte en la base de un relato de tensión progresiva.</p>
<p>Lo más interesante es que la película evita la tentación del espectáculo visual desmesurado. Aquí no hay explosiones, persecuciones imposibles ni héroes sobrehumanos. Lo que tenemos es una cámara que acompaña el pánico de Chris Lemons (Finn Cole), un montaje que se estrecha a medida que la aguja del oxígeno baja, y un equipo de rescate que intenta mantener la calma en condiciones imposibles.</p>
<p>El suspense no se construye a base de golpes de efecto, sino de espera, respiración entrecortada y silencios que pesan tanto como el agua que rodea al protagonista.</p>
<h2>Un reparto en estado contenido</h2>
<p>El trabajo del elenco merece mención aparte. <strong>Finn Cole</strong>, en el rol de Chris, transmite con una mezcla de vulnerabilidad y determinación la paradoja de un hombre entrenado para lo extremo, que de pronto se enfrenta a una situación que no puede controlar. La cámara se detiene en sus gestos, en el temblor de la voz, en la desesperación que apenas logra contener.</p>
<p><strong>Woody Harrelson</strong>, por su parte, se coloca en el papel de veterano de mar, un hombre que aporta gravedad a cada escena sin necesidad de alzar la voz. No roba el foco, pero cada aparición suya añade un peso emocional que recuerda por qué sigue siendo uno de los actores más respetados de su generación. A su lado, <strong>Cliff Curtis</strong> y <strong>Simu Liu</strong> completan el equipo de superficie con actuaciones sobrias y creíbles, aportando humanidad a una historia que fácilmente podría haber caído en la frialdad del procedimiento técnico.</p>
<h2>Cuando la técnica no eclipsa la emoción</h2>
<p>Uno de los mayores logros de <em>Last Breath</em> es que nunca se pierde en tecnicismos. Sí, hay explicaciones sobre los equipos de buceo, sobre la logística del rescate, sobre lo que significa estar atrapado a tanta presión bajo el mar. Pero el filme usa estos detalles solo como telón de fondo, nunca como obstáculo narrativo.</p>
<p>El guion entiende que lo importante no es tanto el “cómo” técnico, sino el “qué” humano: la angustia de esperar, la duda sobre si los compañeros llegarán a tiempo, el recuerdo de quienes esperan en tierra firme. Esa decisión narrativa convierte al espectador en cómplice, en alguien que comparte el miedo y la incertidumbre del protagonista.</p>
<h2>Un thriller con alma, a pesar de su sobriedad</h2>
<p>Algunas críticas han señalado que <em>Last Breath</em> se percibe a ratos demasiado sobria, casi como un documental dramatizado. Es cierto que la apuesta por el realismo limita las concesiones emocionales más explosivas, pero también es lo que otorga autenticidad al relato.</p>
<p>La banda sonora de <strong>Paul Leonard-Morgan</strong> acompaña con sutileza, sin forzar lágrimas ni manipular emociones, y el montaje sabe cuándo dejar espacio al silencio para que el espectador llene los huecos con su propia ansiedad. Es una propuesta que no grita, pero que cala hondo si uno se deja arrastrar por su tempo pausado.</p>
<h2>Recepción crítica y éxito inesperado</h2>
<p>En su paso por festivales y tras su estreno en salas, <em>Last Breath</em> ha cosechado elogios mayoritarios. En <strong>Rotten Tomatoes</strong> mantiene un sólido 83 %, el mejor registro de Harrelson en una película no documental desde hace años. La crítica ha destacado precisamente lo que algunos ven como un defecto: su capacidad de sostener el suspense sin necesidad de artificios.</p>
<p>El público, además, ha respondido bien. Tras un arranque discreto en taquilla, la cinta ha encontrado en el streaming un aliado inesperado, situándose entre los títulos más vistos en plataformas en Estados Unidos y Europa. Su éxito demuestra que aún hay espacio para un cine de supervivencia más íntimo, sin explosiones pero con verdad.</p>
<h2>Conclusión: cine de respiración contenida</h2>
<p><em>Last Breath</em> no es un espectáculo de fuegos artificiales, ni falta que le hace. Es un relato que apuesta por la sobriedad y la inmersión en una situación límite, confiando en que el suspense puede nacer de la sencillez.</p>
<p>La película no busca grandes giros ni heroicidades imposibles, sino mostrar la fragilidad humana frente a la naturaleza y el tiempo. Y en esa apuesta, aunque a veces roce el tono documental, encuentra una verdad que resuena más allá de la pantalla.</p>
<p>Un thriller de supervivencia sólido, honesto y conmovedor en su modestia. Una película que no se grita, se respira.</p>
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